Teatro de Sombras
Claudio Intili
Ensayo
Open Door, 1965
Hasta ese momento, el día venía allanando las horas con esa monotonía sin gracia que ataca cuando se vislumbra lo que acontecerá mañana, si hoy, el entramado de las cosas, seguía adocenándose como en la jornada anterior. Pero un raro llamado telefónico rompió con el augurado pronóstico del siguiente día. Recuerdo lo destemplado de aquella tarde de octubre. La comunicación salió directa sin pasar por secretaría. La voz de una mujer me conminaba a verme esa misma tarde. En principio, molesto por su modo imperativo, dije no, aduciendo tareas impostergables como la urgente atención de una paciente, cosa no cierta -hacía tiempo que mi labor de director del neurosiquiátrico era más nominal que funcional-. Pero esta vez, con voz más calma, me rogó que dispusiera de unos minutos porque quería hacerme entrega de un texto que le estaba quemando las manos. Más que sorprendido, le preguntó de quién se trataba, y dijo llamarse Nina. El nombre golpeó con fuerza en mi corazón. Claro que la conocía. La había atendido cinco años atrás -o más, Frondizi recién asumía-, durante siete u ocho meses... tal vez un año. Llegó a mi consultorio particular de Martínez acompañada de su madre. La recuerdo bien. Ejerció sobre mí una extraña seducción. Muy joven, atractiva, voraz, desprejuiciada. Recuerdo que la madre amagó entrar con ella: ?Vos, no?, dijo firme y le cruzó el brazo. Fue un caso muy loco de autodestrucción y compulsión sexual. Un día, sin avisar, no sé, no lo tengo claro, creo que hubo intervención de su madre, dejó de asistir. Acusé el impacto, sin sospechar hasta qué punto.