Descripcion: La calle Zamudio se muestra siempre tranquila a esta hora de la
tarde, especialmente los sábados. A mitad de cuadra, una sombra se
recuesta sobre las ventanas de un primer piso; es el follaje del único
árbol de la cuadra, de tronco robusto y macizo. La casa tiene paredes
blancas. Una puerta de madera con el umbral de mármol resquebrajado,
anticipa el comedor. A su lado, la ancha puerta de chapa, algo
despintada en sus bordes, se abre al largo pasillo que termina en el
taller; unos pasos antes está esa puerta pequeña, la que da al patio interior
de la casa, donde la brisa se arremolina y descorre apenas las
cortinas cerradas del cuarto de la planta baja. La merienda es compartida
entre abuelo y nieto, recostados en la cama grande, ancha y
pesada. Las voces aparecen diáfanas en esa fresca tarde de mayo.
?¿No comés más, abuelo?
?No, así está bien.
?Pero comiste muy poco. Comé una galletita más.
?No, Tincho. Gracias.
Martín levanta la bandeja con el resto de la merienda: la taza vacía,
sin rastros de té, y el platito blanco con tres galletitas y unas migas.
?Voy a preparar unos mates, abuelo. Ahora vuelvo.